En 2013 recibimos un correo de una empresa de Puebla, nos enviaban fotos con medidas bien detalladas de sus exhibidores exclusivos, solicitaban cien piezas de cada modelo en promedio.
Después de enviarles el presupuesto nos pidieron un muestrario físico que enviamos incluso incompleto para no invertir más tiempo, les encantó el acabado pero no era la textura que buscaban, esta vez si lo describieron a detalle.
Enseguida enviamos un catalogo físico de suede gamuza para no errar de nuevo, al cabo de unas semanas de ser recibido pidieron otro lote de muestras, está vez solicitamos el visto bueno del presupuesto antes de continuar porque ese detalle no estaba aclarado y estábamos trabajando sin certeza… no obtuvimos respuesta. Solo nos quedó estas fotos de recuerdo tomadas justo antes de ser empacadas y envidas.
Foto del primer set muestra recién terminado. Pidieron detalles extras para pedidos posteriores…
En 2010, me contactó el representante de una distribuidora mayorista de joyería en Cancún. Había encontrado mi anuncio clasificado en internet. Me mostró una imagen de un set de exhibidores para joyería sin medidas específicas, únicamente con las dimensiones generales del área que deseaban cubrir. Acepté el reto, y el resultado final le encantó. Me confesó que había mostrado esa misma imagen en varias fábricas del país. Todos los presupuestos eran altos —algunos incluso hasta cinco veces más que el mío— y por eso no habían podido llevarlo a cabo.
A pesar del éxito del primer pedido (posterior a entregar la muestra), los dueños consideraron elevado el precio ($2,200 neto) e intentaron renegociar, justo cuando ya estaba en curso un segundo pedido, cuyo anticipo fue cancelado sin explicación. Fue una de las situaciones más surrealistas que he vivido en la oficina de un “cliente”. El representante estaba más que satisfecho, y aun así los dueños adoptaron una postura que, para entonces, me pareció incoherente…
Ahora les concedo la razón. Fue justo al intentar plasmar esta historia hoy, en el año 2025, que los entiendo. Concluyo que su joyería de fantasía no estaba al nivel del diseño que soñaban, que, combinado con mis altos estándares de calidad, convirtió al exhibidor en una losa pesada: la aplastaba en lugar de hacerla lucir, mientras su presupuesto sufría aquella carga.
Hicieron un esfuerzo y, durante la compra de varios juegos de manera intermitente, en algún momento entregaron una muestra completa de nuestro trabajo a su proveedor de cabecera (el barato), quien por años había evitado resolver ese diseño. Con la muestra física, logró desarmar cada pieza y replicar el conjunto, resolviendo así el “enigma” de la imagen de muestra original.
A pesar de lo sucedido, me quedó la satisfacción de haber liderado el desarrollo, diseño y fabricación de un proyecto que superó con creces las expectativas de aquella empresa.